Sergio colaboró entregando mensajes y reconoció que había sospechado que su madre y Álvaro querían presionar a Lucía después de la boda, aunque aseguró no conocer el alcance de la solicitud financiera.
Lucía no lo absolvió ni lo condenó.
Simplemente dejó de formar parte de aquella familia.
El proceso de separación fue rápido porque el matrimonio apenas había comenzado y no existían bienes comunes relevantes. Álvaro intentó contactar varias veces. Sus mensajes evolucionaron del enfado a la nostalgia y de la nostalgia al arrepentimiento.
Lucía solo respondió una vez:
“No te dejé por ser pobre, ni por tu madre, ni por un barreño. Me fui porque cuando creíste que yo no tenía poder, decidiste que podías quitarme dignidad.”
Después bloqueó el número.
Pasaron 7 meses.
En primavera, Lucía volvió por primera vez al hotel donde se había celebrado la boda. No por Álvaro. Aurora organizaba allí una jornada para jóvenes emprendedoras y becarias de barrios periféricos de Madrid. Lucía llevaba un traje beige sencillo y el pelo suelto.