Creíaque ella le pertenecía.
Vivían en un departamento de Polanco, Ciudad de México. No era una propiedad de lujo, pero sí era de Valeria. Lo había comprado antes de casarse, después de trabajar durante ocho años como administradora en una empresa de logística, ahorrando cada bono, cada aguinaldo y cada peso que otros gastaban en vacaciones.
Alejandro apareció después en su vida con su sonrisa encantadora de agente de seguros, sus trajes impecables y una habilidad casi sobrenatural para caerle bien a todo el mundo.
Para los vecinos era un hombre atento.
Para su madre era el hijo perfecto.
Y para su hermana, Rebeca Salazar, era una fuente de dinero… aunque casi nunca fuera suyo, sino de la esposa a la que siempre podían exprimir.
Rebeca jamás pedía algo pequeño.
Primero fue un perfume importado.
Luego una chamarra de diseñador.