Después pidió prestados doscientos cincuenta mil pesos “solo por unsemana”.
Más tarde quiso usar la tarjeta de crédito de Valeria para pagar un curso de uñas, una televisión nueva y un viaje con sus amigas a Cancún.
Cada vez que Valeria decía que no, el tono de Alejandro cambiaba.
—Deja de ser tan tacaña.
—Para eso está la familia.
—Eres demasiado fría para entender.
—Mi hermana ha sufrido mucho.
Aquella mañana, mientras desayunaban, Alejandro leyó un mensaje de Rebeca y dio la orden sin siquiera levantar la vista del teléfono.
—Rebeca necesita tu tarjeta. Le rechazaron un pago.
—No —respondió Valeria con firmeza—. Ya le presté dinero tres veces y nunca me devolvió un solo peso.
Alejandro golpeó la taza contra la mesa.
—No te lo estoy pidiendo.
—Y yo no estoy negociando.
Fue entonces cuando el café salió volando.