El día que un anciano me dijo que ya no sabía demostrar quién era, dejé de mirar el móvil. Y me dio vergüenza.
Me llamo Daniel y tengo 27 años.
Aquella mañana entré en una pequeña sucursal bancaria del barrio con la idea de hacer una gestión rápida. Cinco minutos, pensaba yo. Entrar, resolver lo mío y salir.
Llevaba los auriculares puestos, el móvil en la mano y esa cara de prisa que tenemos muchos aunque, en realidad, no vayamos a ninguna parte importante.
Delante de mí, en el mostrador, había un hombre mayor.
Después supe que se llamaba don Manuel y que tenía 84 años. Iba vestido con una chaqueta oscura, pantalón de pinza ya gastado y una gorra plana que sostenía entre las manos. Tenía la espalda recta, los zapatos limpios y una educación de esas que ya casi no se ven.