No llevaba auriculares.
Ya casi nunca entraba a ningún sitio con auriculares puestos.
En la mesa de espera había un cartel nuevo, escrito a mano:
“Si necesita que le expliquemos algo más despacio, dígalo sin vergüenza.”
Debajo, alguien había dibujado una carita torpe.
Seguro que había sido Laura.
Me acerqué al mostrador.
Ella me vio y sonrió.
—Tu amigo está ahí —dijo.
Miré hacia las sillas.
Don Manuel estaba sentado junto a un hombre de unos setenta años que sujetaba un teléfono con cara de terror.
Don Manuel le señalaba algo en una hoja.
No tocaba su móvil.
No hacía nada por él.
Solo le hablaba despacio.
Cuando terminé mi gestión, me acerqué.
—Buenos días, don Manuel.
Él levantó la vista.
—Daniel, mira. Este señor estaba como yo aquel día.
El hombre se disculpó enseguida.