A que tu historia no quede reducida a una contraseña olvidada.
Antes de irme, Clara me acompañó hasta la puerta.
—Gracias por ayudarle —me dijo.
—No he hecho tanto.
—Sí has hecho —respondió—. Yo lo llamaba todos los domingos, pero no me daba cuenta de lo solo que estaba con ciertas cosas.
Se le humedecieron los ojos.
—A veces una cree que querer a alguien es estar pendiente de las grandes emergencias. Y se olvida de los pequeños miedos de cada día.
No supe qué contestar.
Porque era verdad.
A todos nos pasa.
Esperamos la llamada importante, el susto grande, la noticia grave.
Y mientras tanto, dejamos que la gente que queremos se enfrente sola a papeles que no entiende, pantallas que les asustan y silencios que no saben cómo nombrar.
Pasaron dos meses.
Una mañana entré al banco para hacer una gestión sencilla, esta vez de verdad.