El anciano que ya no sabía demostrar quién era ante una pantalla

—¿Y qué tal?

Sacó el teléfono del bolsillo con orgullo.

—Mira.

Me enseñó una foto.

Don Manuel aparecía sentado en su mesa, rodeado de su hija y sus nietos. Detrás, en la pared, estaba la foto de Rosario.

Todos sonreían.

Él señaló la pantalla.

—No voy a mentirte. Todavía me dan miedo algunas cosas.

—Normal.

—Pero ya no me da vergüenza preguntar.

Aquello fue lo mejor que pudo decir.

Nos despedimos en la esquina.

Me dio la mano, como siempre.

Áspera.

Firme.

Viva.

—Daniel —dijo antes de irse.

—Sí.

—No dejes de mirar el mundo por mirar una pantalla.

No lo dijo como reproche.

Lo dijo como regalo.

Lo vi alejarse despacio, con su gorra plana y su bolsa de tela, saludando a una vecina que pasaba con el carrito de la compra.

Y pensé que quizá crecer no siempre es aprender cosas nuevas.

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