A veces crecer es volver a mirar cosas que ya estaban ahí.
Un anciano esperando paciencia.
Una empleada agotada que todavía puede elegir ser amable.
Una hija que llama los domingos, pero aprende a preguntar mejor.
Un nieto que descubre que su abuela fue joven, divertida y fuerte.
Un chico de 27 años que un día se quitó los auriculares y entendió que la prisa también puede ser una forma de egoísmo.
Desde entonces, cuando veo a alguien mayor peleándose con una pantalla, ya no pienso: “Pero si es fácil”.
Pienso:
“Quizá para esa persona, esto no es una pantalla. Es una puerta cerrada.”
Y si puedo, me detengo.
No siempre sé ayudar.
No siempre tengo la solución.
Pero he aprendido que mirar a alguien a los ojos ya es un comienzo.
Porque al final, todos vamos a necesitar que el mundo nos espere un poco.