idénticos a los ojos de su hermano menor, Michael, a quien no había visto desde hacía muchísimos años.
Trató de convencerse de que era una casualidad. Los rasgos se repiten, los tonos de ojos también. Respiró hondo e intentó mantener la compostura para no arruinar el momento tan esperado por su hijo. Pero entonces Noah giró levemente la cabeza para saludar, y Diane vio algo más.
Justo debajo de la oreja izquierda del joven había una pequeña marca de nacimiento rojiza. Una mancha diminuta, con una forma inconfundible. Michael, su hermano, tenía exactamente la misma señal, en el mismo lugar.
Un escalofrío recorrió la espalda de Diane. Se repitió a sí misma que no podía ser, que se trataba de una coincidencia extraordinaria, de esas que la vida a veces regala. Sin embargo, algo en su interior le decía que no era casualidad.