Fui a buscar un papel. Ella dictaba lentamente. Oraciones simples. Nada teatral. Nada que haga que la gente se sienta culpable. Solo una madre que dijo que pensaba en su hija, que había conocido a una amiga llamada Suzanne, que a veces había pastel los domingos, y que era bueno para ella.
Avant de signer, elle a relevé la tête.
« Vous croyez qu’il faut dire qu’elle me manque ? »
« Si c’est vrai, oui. »
Alors elle l’a ajouté.
Trois semaines plus tard, sa fille est venue. Je ne l’avais jamais vue. Une femme d’une soixantaine d’années, manteau sombre, sac serré contre elle, ce visage de ceux qui ont roulé longtemps en répétant intérieurement ce qu’ils allaient dire.
Se detuvo en el pasillo, frente a la pequeña sala de estar, sin entrar inmediatamente. En el interior, Madeleine se rió. Fue Suzanne quien le acababa de explicar, con la mayor seriedad del mundo, que alguien podía ser juzgado a su manera de cortar un pastel.