Esa manera de actuar fue precisamente lo que años antes lo puso frente a uno de los momentos más arriesgados de su vida.
Tres años atrás, durante una revisión cerca de la reserva, Daniel encontró a un joven león atrapado en una trampa metálica. El animal estaba desesperado. Una de sus patas había quedado aprisionada y cada intento por liberarse empeoraba la situación.
Algunos trabajadores que estaban cerca intentaron detener a Daniel cuando lo vieron acercarse.
Le advirtieron que un animal herido podía reaccionar de manera impredecible. Para ellos, acercarse tanto a un león atrapado era una decisión demasiado peligrosa.
Pero Daniel observó algo diferente.
No vio únicamente un depredador. Vio un animal aterrorizado que necesitaba ayuda.
—Te va a atacar —le dijeron quienes estaban con él.
Daniel no se alejó.
—Está asustado, no está buscando hacer daño. Si esperamos más, puede morir.