—Tengo hambre.
Mateo resopló.
—Qué momento tan conmovedor elegiste para eso.
—¿Hay huevos?
Yo empecé a reír.
Mateo también.
Y durante unos segundos el invierno dejó de pesar.
Rogelio no volvió a presentarse personalmente.
Bruno tampoco.
Eso no significaba que hubieran desaparecido.
Pero la diferencia era que ya no podían tocar una parte del rancho sin que alguien lo notara.
La amenaza dejó de sentirse invisible.
Y con eso perdió parte de su fuerza.
En marzo, Mateo reunió todo lo que había conservado: la factura, la etiqueta del lote, la cuerda cortada, el registro de entrega y las fechas de los daños.
No necesitaba adornarlo.
La secuencia hablaba por sí misma.
El dato más importante seguía siendo sencillo: Bruno había tenido acceso directo a la carga antes de que llegara y conocía el rancho por dentro.
Eso no convertía cada sospecha en una certeza, pero sí terminó con la ventaja que Rogelio había tenido mientras todo parecía una serie de accidentes.