Cuando Rogelio llamó semanas después ofreciendo nuevamente comprar, Mateo no discutió.
Solo le dijo:
—No.
Y colgó.
Yo estaba frente a él.
—Eso fue sorprendentemente breve.
—He tenido una buena maestra.
—Cobro caro.
—Doce mil al mes, habitación y comida.
—Era por el invierno.
La sonrisa desapareció de mi boca antes de que pudiera evitarlo.
Abril estaba a semanas de distancia.
Mi empleo tenía fecha de caducidad.
El rancho podía sobrevivir a Rogelio y, aun así, yo tendría que marcharme.
Nunca habíamos hablado de eso.
Hasta esa noche.
Mateo dejó sobre la mesa un sobre.
Sentí una punzada ridícula al verlo.
—¿Qué es?
—Ábrelo.
Dentro había dinero.
Mi último pago del acuerdo original.
Exacto.
Lo conté y lo volví a guardar.
—Gracias.
—No he terminado.
Mateo deslizó una llave por la mesa.
Una llave sencilla, gastada, sin moño ni gesto dramático.