Solo un invierno.
Una habitación.
Un sueldo.
Nada que pudiera doler cuando terminara.
Pero el rancho ya me había quitado esa protección.
Tenía barro en mis botas, chile en la despensa, una cicatriz pequeña en una mano por una cerca mal cortada y un niño de 11 años que había empezado a dejarme palabras en español junto a palabras en noruego sobre el refrigerador.
Y tenía a Mateo.
Terco.
Cansado.
Decente.
Todavía aprendiendo que sobrevivir no significaba conservar intacto todo lo que había perdido.
Tomé la llave.
Santiago sonrió.
—Eso no fue una respuesta.
—Mañana te despiertas a las seis y me ayudas con los bebederos.
Su sonrisa desapareció.
—¿Eso significa que sí?
—Significa que si vas a escuchar conversaciones ajenas, también vas a trabajar.
Mateo soltó una carcajada.
Santiago protestó todo el camino hacia su cuarto.