Tres días después apareció Rogelio otra vez.
Esta vez vino solo.
Mateo estaba cambiando una conexión del bebedero y yo llevaba una carretilla de alimento cuando la camioneta se detuvo cerca de la entrada.
Rogelio bajó despacio.
—Veo que siguen jugando a salvar esto.
Mateo dejó la herramienta.
—Te dije que no volvieras.
Rogelio ignoró la advertencia y me miró.
—La oferta sigue en pie, güera. Cuando él pierda el rancho, puedo darte trabajo.
—No recuerdo haberle pedido uno.
—Vas a necesitarlo.
Mateo dio un paso hacia él.
Yo le sujeté el antebrazo.
No porque Rogelio me diera miedo.
Porque entendí lo que estaba buscando.
Una pelea.
Una reacción.
Algo que desviara la atención.
—Tengo una pregunta —dije.
Rogelio sonrió.
—A ver.
—¿Cómo supo que la deuda vence en abril?
La sonrisa permaneció, pero tardó demasiado en responder.
—Todo el mundo sabe que Mateo está quebrado.