El Lodo Rojo Reveló Quién Quería Arrebatarles El Rancho-lbsuong

Y tenía a Mateo.

Terco.

Cansado.

Decente.

Todavía aprendiendo que sobrevivir no significaba conservar intacto todo lo que había perdido.

Tomé la llave.

Santiago sonrió.

—Eso no fue una respuesta.

—Mañana te despiertas a las seis y me ayudas con los bebederos.

Su sonrisa desapareció.

—¿Eso significa que sí?

—Significa que si vas a escuchar conversaciones ajenas, también vas a trabajar.

Mateo soltó una carcajada.

Santiago protestó todo el camino hacia su cuarto.

Cuando estuvimos solos, Mateo miró la llave en mi mano.

—Entonces, ¿te quedas?

—Por ahora.

—Muy romántico.

—No sabía que era una propuesta romántica.

Se quedó callado.

Yo también.

Esta vez el silencio no pesó.

Mateo se acercó despacio, lo suficiente para darme tiempo de apartarme.

No lo hice.

El primer beso fue breve y torpe, más parecido a una pregunta que a una promesa.

Eso me gustó.

Yo ya había tenido promesas.

Prefería las preguntas honestas.

El problema de la deuda no desapareció por enamorarnos.

Abril llegó de todos modos.

Hubo cuentas que pagar, animales que vender y decisiones que ninguno de los dos disfrutó.

El rancho salió más pequeño de aquel invierno.

Pero salió vivo.

Mateo dejó de medir el éxito por cuánto lograba conservar y empezó a medirlo por lo que podía sostener sin destruirse en el intento.

Yo aprendí otra cosa.

Pedir ayuda no era quedar enterrada bajo media tonelada de alfalfa esperando que alguien viniera a sacarme.

A veces era permitir que otra persona sujetara el otro extremo de la cuerda.

Meses después encontramos aquella cuerda vieja mientras ordenábamos la bodega.

Mateo iba a tirarla.

Santiago protestó de inmediato.

—¡Dijiste que no se tiraban las cosas antes de entender por qué se rompieron!

Mateo me miró.

Yo tomé la cuerda, corté la parte dañada y usé un tramo sano para sujetar una puerta que el viento siempre azotaba.

No volvió a servir para cargar alfalfa.

Pero dejó de ser la prueba de una trampa.

Se convirtió en algo cotidiano.

Una mañana, mientras Santiago alimentaba al ganado y fingía no escucharnos, Mateo me preguntó si alguna vez extrañaba Noruega.

—Todos los días —respondí.

—¿Y aun así quieres estar aquí?

Miré el patio, las cercas reparadas, la puerta sujeta con aquella cuerda y las huellas de tres pares de botas sobre el lodo seco.

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