El médico me ordenó apartarme del respirador de un soldado que se estaba muriendo; para él, yo era solo una enfermera. Pero cuando reconocí aquel silbido, supe que mi pasado había llegado hasta esa cama y ya no podía callarlo.

Nada más.

A veces escuchaba que me describían como “la señora tranquila del turno de la mañana”.

Yo dejaba que lo dijeran.

Había tardado muchos años en conseguir una vida donde nadie me preguntara de dónde venía aquella cicatriz.

Mateo llegó un martes, trasladado desde una instalación militar. Una neumonía grave lo había dejado sin fuerzas para respirar por su cuenta. Traía el cabello recién cortado y una fotografía doblada entre sus pertenencias: una mujer joven sosteniendo a una niña sin un diente de adelante.

Antes de que lo sedaran, me pidió un favor.

—Si llama mi esposa, dígale que sí voy a llegar al cumpleaños.

—¿De quién?

Intentó sonreír.

—De mi niña. Cumple seis el domingo.

Guardé la fotografía en una bolsa transparente y la dejé donde pudiera verla cuando despertara.

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