—Sí —le dije—. Pero vamos a necesitar tiempo protegido para hacerlo bien. Y formación para todos los turnos.
Asintió.
Esta vez estaba tomando notas.
Salcedo me pidió que entrara a su oficina al terminar la jornada.
Encontré una silla frente al escritorio y otra junto a la pared. Me senté en la más cercana a la puerta.
Él lo notó.
Por primera vez, pareció incómodo dentro de su propio despacho.
—Quiero hablar de lo que ocurrió.
Esperé.
—Debí escuchar su primera advertencia.
No añadió una excusa.
Aquello me sorprendió más que cualquier elogio.
—Sí —contesté.
Se quitó los lentes.
—Pensé que estaba interpretando mal un ruido normal.
—Podía haberme equivocado. Bastaba con comprobarlo.
Sus ojos se quedaron fijos en mí.
—Tiene razón.
Hubo un silencio largo. Del pasillo llegaba el ruido de un carro de medicamentos.
—He hablado con dirección —continuó—. Vamos a revisar la capacitación y el procedimiento de incorporación de estos equipos.