El médico me ordenó apartarme del respirador de un soldado que se estaba muriendo; para él, yo era solo una enfermera. Pero cuando reconocí aquel silbido, supe que mi pasado había llegado hasta esa cama y ya no podía callarlo.

El respirador asignado a su cama pertenecía a un lote de equipos donados. Era moderno, compacto y distinto de los aparatos que utilizábamos normalmente.

Iván Trejo, el técnico biomédico, había recibido una capacitación introductoria de dos días. Era responsable y trabajador, pero cada vez que revisaba aquel modelo llevaba el manual abierto en el teléfono.

No lo juzgaba.

Hay máquinas que exigen mucho más que un curso breve.

El doctor Héctor Salcedo, jefe de la unidad, estaba encantado con la donación. Hablaba de sensores, alarmas y sistemas de respaldo como si la tecnología pudiera volver imposible una equivocación.

Durante tres horas, Mateo se mantuvo estable.

Después escuché el silbido.

Era tenue. Apenas un escape intermitente detrás del murmullo habitual de la unidad. Me quedé inmóvil junto a la cama, escuchando otra vez.

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