El precio de la ceguera

mi agenda abarrotada. Se percibía en ella la fuerza indestructible y gélida de un ser que lo ha perdido todo y que, por consiguiente, se ha vuelto absolutamente invulnerable.

Salí del coche. Me flaqueaban las piernas; cada paso sobre los guijarros mojados me exigía un esfuerzo sobrehumano.

Cuando apenas faltaban unos veinte pasos para llegar al muelle, Méline se volvió lentamente. No se sobresaltó. No gritó. Su rostro permanecía impasible, pálido y puro como una losa de mármol.

Me detuve al comienzo de la plataforma de madera, sin atreverme a poner un pie en ella sin su permiso.

—Méline… —mi voz se quebró, transformándose en un siseo lastimero y entrecortado.

Ella me miraba con sus grandes ojos oscuros, en los que ya no quedaba ni una gota de aquel amor cálido y capaz de perdonarlo todo que me había reconfortado durante tantos años. Allí solo había una inmensidad oceánica, gélida 

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