El precio de la ceguera

Se había marchado a doscientas millas de Nueva York, al norte del estado, a 

un diminuto pueblo costero a orillas del lago Champlain. Allí se alzaba la modesta casa de madera de su difunta abuela, rodeada de viejos pinos y brezos silvestres.

Era un mediodía de noviembre, gris y sombrío. Un viento glacial del norte empujaba olas del color del plomo hacia la orilla de guijarros, arrancando las últimas hojas amarillas de las ramas.

Detuve el coche en el arcén de un camino de tierra, a cien metros de la casa.

Méline estaba de pie sobre un estrecho muelle de madera, muy cerca del agua.

Llevaba un abrigo largo de lana oscura y estaba envuelta en una bufanda gris. El viento le alborotaba el cabello castaño. Parecía frágil, inmaterial, como un fantasma a punto de disolverse en la niebla otoñal. Sin embargo, en su postura ya no quedaba rastro de aquella sumisión y dulzura con las que, durante años, había tolerado mi frialdad y 

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