«El río se llevó mi casa y usted vive solo. Déjenos quedarnos esta noche», le pedí al anciano, con mi bebé en brazos y mi hijo de 8 años cubierto de lodo. Don Aurelio aceptó con una condición: al amanecer debíamos irnos, pero nos abrió el cuarto de su esposa fallecida, cerrado desde hacía 30 años. Cuando despertó y encontró café caliente, tortillas recién hechas y su cocina transformada, tendría que decidir si recuperaba su vieja soledad… o rompía la promesa de echarnos.

Mi hijo asintió inmediatamente.
El anciano lo observó durante varios segundos. Después acomodó su andadera y señaló el interior.
—Hay un cuarto al fondo. Está lleno de polvo. Pueden dormir ahí, pero mañana temprano se van.
Sentí que las piernas se me aflojaban.
—Que Dios se lo pague.
—No meta a Dios en esto, señora. Él y yo tenemos cuentas pendientes.
Entramos sin tocar nada.
El cuarto tenía una cama antigua, un ropero oscuro y una fotografía cubierta de polvo. En ella aparecía una mujer joven, de trenza larga y sonrisa tímida.
Debajo estaba escrito un nombre: Rosario.
Acosté a mis hijos y, cuando estuvieron dormidos, lloré en silencio. Recordé nuestra pequeña casa, levantada por mi esposo Julián antes de que el río también se lo llevara, 2 años atrás.
Había perdido al hombre que amaba y ahora hasta las paredes que conservaban su recuerdo.
A la mañana siguiente me levanté antes del amanecer. Encontré la cocina descuidada, encendí el fogón, lavé los trastes y preparé café de olla, huevos y tortillas recién hechas.
Cuando don Aurelio apareció, se detuvo en seco.
—¿Quién le dio permiso de tocar mi cocina?

Bajé la mirada.

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