«El río se llevó mi casa y usted vive solo. Déjenos quedarnos esta noche», le pedí al anciano, con mi bebé en brazos y mi hijo de 8 años cubierto de lodo. Don Aurelio aceptó con una condición: al amanecer debíamos irnos, pero nos abrió el cuarto de su esposa fallecida, cerrado desde hacía 30 años. Cuando despertó y encontró café caliente, tortillas recién hechas y su cocina transformada, tendría que decidir si recuperaba su vieja soledad… o rompía la promesa de echarnos.

—Perdóneme. Quería agradecerle trabajando.
Se sentó sin responder. Probó los huevos, tomó café y permaneció callado.
Finalmente murmuró:
—Rosario preparaba el café así de cargado.
Después levantó la vista hacia mí.
—Ese cuarto donde durmieron... era de mi esposa. No lo había abierto en 30 años."
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Esta es una historia ficticia con fines de entretenimiento.

Sigue en el primer comentario ❤️

PARTE 2

Me quedé inmóvil con el trapo entre las manos.
—No sabía, don Aurelio. Si quiere, limpio otro cuarto y nos cambiamos.
—No he dicho eso.
Miró hacia el pasillo, donde Mateo entretenía a Lucerito con una cuchara de madera.
—Rosario quería tener hijos. Nunca pudimos. Cuando ella se fue, cerré aquella habitación porque ya no soportaba verla vacía.
No supe qué contestar.
El anciano dejó su taza sobre la mesa.
—El corral necesita limpieza. Si de veras sabe trabajar, encontrará una pala detrás del granero.
Así comenzó nuestra vida en aquella casa.
Durante los días siguientes ordeñé la vaca, cuidé las gallinas, preparé comida y arreglé la ropa que don Aurelio tenía guardada.
Mateo empezó a acompañarlo al jardín.
Una mañana escuché al viejo regañarlo porque había arrancado una planta equivocada.
—Esa no, muchacho. Esa es una dalia. La hierba mala está junto a la raíz.
—Entonces enséñeme, abuelito.
El silencio que siguió me hizo asomarme.

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