—Ellos querían este departamento para expandir su bodega —continuó Mariana—. Me redujeron las horas de trabajo en la fábrica que administra la misma red corporativa y amenazaron con quitarme la custodia de Lucía si hablaba con la prensa o buscaba ayuda legal.
El multimillonario apretó los puños hasta que los nudillos se tornaron blancos. No solo habían manipulado sus finanzas, sino que habían sometido a una madre y a su hija a la miseria extrema para arrebatarles el único techo que les quedaba en la ciudad.
—Mamá no podía comprar mis medicinas porque los abogados le quitaban casi todo el sueldo en ‘cuotas de mantenimiento’ fijadas por la administración —susurró Lucía, levantando la vista con sus grandes ojos cansados.
—Eso se acabó hoy mismo —sentenció Alejandro con una voz cargada de una determinación irrevocable—. Ningún empleado de mi empresa volverá a poner un pie en este pasillo para intimidarlas ni para pedirles un solo peso.
El magnate sacó su teléfono celular para llamar directamente a la policía federal, pero al marcar los primeros dígitos, la luz del pasillo exterior se apagó de golpe, dejando el departamento sumido en una penumbra inquietante.
Pasos pesados y resonantes comenzaron a escucharse en las escaleras de concreto, subiendo a toda prisa hacia el cuarto piso mientras el sonido de varias llaves metálicas resonaba al otro lado de la puerta…
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El eco metálico de los pasos en el pasillo heló la sangre de Mariana, quien de inmediato empujó a Lucía detrás del viejo sofá de la sala mientras Alejandro se colocaba frente a la puerta del departamento con postura defensiva.
Dos hombres altos, vistiendo trajes oscuros y cargando carpetas de cuero, aparecieron en el marco de la puerta. Uno de ellos era el propio Roberto Salazar, quien al ver a su socio principal dentro del modesto departamento se quedó paralizado en el sitio.
—¿Alejandro? —preguntó Roberto con el rostro descolorido y una falsa sonrisa de compromiso que no logró disimular el temblor de sus manos—. No esperaba encontrarte en esta zona de la ciudad a estas horas de la tarde.
—Sé lo que estás haciendo aquí, Roberto —respondió Alejandro con tono gélido, avanzando un paso hacia el pasillo para tapar el acceso al interior del hogar de Mariana—. Sé lo del almacén vecino y los avisos de desalojo apócrifos.