El secreto del departamento 4B

La sonrisa de Roberto se desvaneció por completo, siendo reemplazada por una mirada fría y calculadora. El socio miró de reojo a su acompañante, un hombre de gran corpulencia que llevaba la mano derecha escondida dentro del saco.

—Estás metiéndote en un terreno muy peligroso, Alejandro —dijo Roberto en voz baja, abandonando cualquier intento de mantener las apariencias corporativas—. Hay contratos de distribución muy grandes firmados a través de este inmueble. No puedes arruinarlo todo por una simple inquilina.

—Este edificio es mío y no voy a permitir que uses mi nombre para destruir la vida de personas inocentes —contraatacó el magnate con firmeza—. La policía está en camino y la auditoría interna comenzará mañana a primera hora.

—No habrá ninguna auditoría —interrumpió el hombre del saco, dando un paso al frente y mostrando la empuñadura de un arma de fuego dispuesta para amedrentar al empresario en medio de la oscuridad del pasillo.

Mariana ahogó un grito desde el interior del departamento, mientras Lucía permanecía inmóvil debajo del colchón delgado donde guardaba sus pequeños tesoros. Alejandro no pestañeó, manteniendo la calma que lo caracterizaba en los momentos de mayor crisis.

—Si me disparas a mí o a alguien en este edificio, perderás el control de las cuentas en el extranjero en menos de una hora —advirtió Alejandro con astucia táctica—. Toda la información contable está respaldada en los servidores centrales de mi oficina.

Roberto dudó por un segundo, sabiendo que Alejandro nunca viajaba sin dejar protocolos de seguridad activados con su equipo de abogados de confianza en la zona centro de la capital.

—Tranquilo, no hace falta llegar a esos extremos —dijo Roberto, haciendo una seña a su escolta para que bajara la mano—. Simplemente firma la transferencia de propiedad de esta torre y te dejaré marchar en paz con la mujer y la niña.

Alejandro miró a Mariana y luego a la pequeña Lucía, cuyas manos heridas por las agujas de coser temblaban ligeramente en la penumbra. Sabía que no podía ceder ante la extorsión de su exsocio criminal.

—Jamás firmaré esa venta —declaró el multimillonario con voz rotunda, justo cuando la máquina de coser de Lucía comenzó a sonar de repente tras ser empujada por la niña hacia el suelo.

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