—No tienes que hacerlo.
—Ya lo sé.
Respiró profundamente.
Después aceleró suavemente.
—Pero tampoco quiero pasar el resto de mi vida evitando una gasolinera.
Seguimos adelante.
No dije nada.
Estaba orgulloso de él, pero había aprendido algo importante durante aquellos meses: Ethan no necesitaba que cada paso de su recuperación se convirtiera en un discurso heroico.
A veces solo necesitaba que su padre estuviera sentado a su lado.
Dos semanas después recibí una llamada de Victor.
—¿Tienes tiempo?
—Depende.
—Quiero enseñarte algo.
Nos encontramos en una pequeña cafetería.
Victor llegó con una caja.
La dejó frente a mí.
—¿Qué es?
—Cosas que guardé durante los años que estuve fuera.
Abrí la tapa.
Había fotografías.
Recortes.
Cartas que nunca había enviado.
Una imagen mostraba a Ethan entrando por primera vez en la escuela primaria.
Otra, jugando al baloncesto cuando tenía doce años.