Debajo aparecía una firma.
Victor.
La dirección correspondía a una pequeña casa junto a un lago, a casi tres horas de distancia.
Ortega insistió en que no iría solo.
Esta vez no discutí.
Al día siguiente, después de que Marcus confirmara que Ethan estaba estable, condujimos hasta allí.
La casa parecía abandonada.
Ortega y sus agentes aseguraron el exterior.
Entré.
—¿Victor?
Nada.
Avancé hasta la sala.
Sobre una mesa había dos tazas.
Una todavía estaba tibia.
Entonces escuché pasos.
Me giré.
Un hombre apareció en la puerta de la cocina.
Más viejo.
Más delgado.
Pero aquellos ojos eran los mismos que había conocido desde niño.
Mi hermano.
Durante dieciocho años había imaginado qué diría si pudiera volver a verlo.
No dije nada.
Victor tampoco.
Nos quedamos mirándonos.
Finalmente habló.
—Hola, Caleb.
Crucé la habitación.