El sheriff disparó a mi hijo y se rio… pero no sabía quién era realmente su padre

—¿Por qué no te quedaste?

—Porque Richard me vio.

Aquello explicaba su desaparición.

—¿Dónde está Eleanor?

Victor me miró.

—Más cerca de lo que imaginas.

Sacó una carpeta.

Dentro había reservas de hotel.

Eleanor había regresado a Colorado.

—¿Por qué?

—Porque sabe que Richard cometió un error.

—Mi hijo.

—Sí.

Victor señaló otra página.

—Quiere recuperar todos los documentos antes de que Richard empiece a hablar.

—¿Cuándo?

—Esta noche.

Ortega entró.

—¿Dónde?

Victor nos dio una dirección.

Un viejo club privado fuera del pueblo.

La fiscalía actuó rápidamente.

No hubo comandos secretos.

No hubo venganza.

Hubo órdenes judiciales, vigilancia autorizada y agentes estatales.

A las 21:16, Eleanor llegó.

Richard apareció doce minutos después.

La conversación quedó registrada conforme a la autorización obtenida por los investigadores.

No confesaron cada detalle.

Pero hablaron de contratos.

De Bell.

De Victor.

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