verdaderamente cuando el cuarto hijo, un varón robusto que Itzel había llamado Yaretzi mediante sus señas silenciosas, cumplió 3 años. El niño se había escapado de la vigilancia de Petra y había corrido hasta el salón principal donde Ignacio recibía a otros oficiales para una cena formal discutiendo tácticas militares y política virreinal.
El pequeño Yaretzi se detuvo frente al teniente y lo miró con una familiaridad infantil que hizo que todos que tenían los rasgos inequívocamente aristocráticos de Ignacio Valverde, la nariz recta y prominente, la mandíbula firme y cuadrada, los ojos claros que en algunos casos eran grises y en otros verdes, contrastando dramáticamente con la piel morena heredada de Itzel. Siete pruebas vivientes de la depravación que el teniente ocultaba bajo su uniforme impecable, sus medallas al valor ganadas en escaramuzas contra piratas ingleses y sus discursos pomposos sobre honor y deber militar. Beatriz comenzó a notarlo