verdaderamente cuando el cuarto hijo, un varón robusto que Itzel había llamado Yaretzi mediante sus señas silenciosas, cumplió 3 años. El niño se había escapado de la vigilancia de Petra y había corrido hasta el salón principal donde Ignacio recibía a otros oficiales para una cena formal discutiendo tácticas militares y política virreinal.
El pequeño Yaretzi se detuvo frente al teniente y lo miró con una familiaridad infantil que hizo que todos los presentes se quedaran en silencio incómodo, como si alguien hubiera cometido una indiscreción social imperdonable. Era como ver un espejo del pasado, un retrato viviente, Ignacio a los 3 años debió haber lucido exactamente igual con esos mismos ojos grises penetrantes y esa misma mandíbula determinada.
Uno de los oficiales presentes, el capitán Robles, había conocido a Ignacio desde la infancia. Se quedó mirando al niño con la boca abierta, luego miró a Ignacio, luego de vuelta al niño. No dijo nada, no hacía falta, la incomodidad en la habitación era palpable, espesa como el aire húmedo de Veracruz antes de una tormenta.