Dijo que era hijo de un trabajador temporal que había huido al enterarse del embarazo, una historia tan común que nadie la cuestionó demasiado. Beatriz no lo creyó del todo. Había algo en los rasgos del bebé que la inquietaba, pero tampoco tenía pruebas concretas, y acusar a su propio marido de tal atrocidad sin evidencia sería social y legalmente suicida.
Luego vino el segundo hijo, 18 meses después, y el tercero 14 meses después de ese. Y así continuó el patrón grotesco hasta que hubo siete niños, siete niños que crecían en las habitaciones traseras de la hacienda, en la zona donde vivían los esclavos y sirvientes, durmiendo en camastros compartidos, comiendo las sobras de la mesa de sus amos, usando ropa remendada tantas veces que era imposible determinar su color original.
Siete niños que tenían los rasgos inequívocamente aristocráticos de Ignacio Valverde, la nariz recta y prominente, la mandíbula firme y cuadrada, los ojos claros que en algunos casos eran grises y en otros verdes, contrastando dramáticamente con la piel morena heredada de Itzel. Siete pruebas vivientes de la depravación que el teniente ocultaba bajo su uniforme impecable, sus medallas al valor ganadas en escaramuzas contra piratas ingleses y sus discursos pomposos sobre honor y deber militar. Beatriz comenzó a notarlo