Petra llegó corriendo murmurando disculpas apresuradas mientras arrastraba al niño fuera del salón, pero el daño ya estaba hecho. Las semillas de la sospecha habían sido plantadas en la mente de Beatriz y ella era demasiado inteligente para ignorarlas. Esa noche Beatriz no durmió. Se quedó despierta en su habitación, que estaba separada de la de Ignacio por una pared delgada y una puerta que él rara vez cruzaba ya.
Escuchaba los ronquidos de su marido a través de la pared y cada sonido la llenaba de una furia fría que iba cristalizando en determinación. Recordó cada detalle de los últimos 8 años con una claridad dolorosa. Las miradas que Ignacio dedicaba a Itzel cuando pensaba que nadie observaba, miradas que mezclaban lujuria con algo más oscuro, más posesivo.
Sus ausencias nocturnas que él justificaba con rondas militares inexistentes. Beatriz había verificado discretamente con otros oficiales y había descubierto las mentiras. La forma en que Itzel mantenía la vista baja cuando Ignacio estaba presente, como un animal que reconoce a su depredador y sabe que la única defensa es hacerse invisible. Y los niños.