Dios santo, los niños. Beatriz había visto a todos pasando por la
hablaba de una madurez forzada por la necesidad. Todos tenían esa misma mirada, esos mismos rasgos aristocráticos que Beatriz conocía tan íntimamente porque los había visto cada día durante cinco años en los retratos familiares de los Valverde que adornaban la sala principal de la casa.
Eran niños hermosos, a pesar de las condiciones absolutamente miserables en las que vivían, a pesar de la ropa remendada y los pies a menudo descalzos. Niños que, en un mundo justo, debieron haber crecido con privilegios, educación, oportunidades, pero que en cambio estaban condenados a la esclavitud por el simple hecho de haber nacido del lado equivocado de la moral social y racial.
Itzel estaba sentada en una esquina del cuarto, en el único pedazo de suelo que no estaba ocupado por un camastro, amamantando al más pequeño, un bebé de apenas 6 meses que se aferraba a su pecho con la desesperación
del hambre, cuando vio a Beatriz en el umbral. Sus ojos se llenaron de un terror animal tan puro que Beatriz sintió vergüenza física por inspirarlo.