El mundo seguía igual.
El mío no.
El diagnóstico llegó sin gritos.
Cáncer colorrectal. Etapa cuatro. Metástasis en el hígado y en los pulmones.
Yo no lloré.
Miré mis zapatos.
Eran las zapatillas con las que salía a correr.
Eso fue lo que más me golpeó en ese instante. No la palabra cáncer. No la palabra metástasis. Sino aquellas zapatillas limpias, todavía preparadas, como si mi cuerpo siguiera siendo el de antes.
Lucía me apretó la mano.
“Vamos a poder con esto”, dijo.
Yo asentí.
Pero por dentro ya me había caído.
Después de eso, mi vida se hizo pequeña.
Antes mi vida era trabajo, compra, recibos, lavadora, cenas rápidas, alguna discusión tonta porque alguien había dejado una luz encendida. A veces me parecía aburrida.
Ahora daría cualquier cosa por volver a aburrirme.