Nos quedamos mirando el dibujo.
Entonces oímos golpes suaves en la puerta.
Tres golpes.
La forma de llamar de don Julián.
Lucía fue a abrir.
Él entró con una bolsa de papel y cara de pocos amigos.
“El pan está carísimo”, dijo.
Yo sonreí.
“Buenas tardes a usted también.”
Se sentó en su silla.
La suya ya.
Sacó el pan, lo partió con las manos y dejó un trozo en mi plato.
Lucía puso agua a calentar.
La luz de la tarde entraba por la ventana y tocaba los geranios.
Durante un momento no pasó nada especial.
Nadie dijo una frase para recordar.
Nadie lloró.
Nadie habló del futuro.
Y justamente por eso, aquel momento fue perfecto.
Yo estaba allí.
Lucía estaba allí.
Don Julián estaba allí.
El pan estaba caliente.
El té empezaba a oler bien.
Y el miedo, aunque seguía en la casa, ya no estaba sentado en mi silla.