El vecino gruñón que nos enseñó a sentarnos con el miedo

Habíamos aprendido a hacerle sitio a la vida también.

No sé cómo terminará mi historia.

Pero sé esto.

Hubo un tiempo en que pensé que ser valiente era no tener miedo.

Ahora creo que ser valiente es decir “tengo miedo” y dejar que alguien se quede contigo.

Sin frases grandes.

Sin promesas imposibles.

Sin llamarte guerrero cuando apenas puedes con tu propio cuerpo.

Solo quedándose.

Partiendo el pan.

Sirviendo té.

Cuidando una maceta.

Riéndose de un ascensor viejo.

Y recordándote, con actos pequeños, que mientras haya una mesa compartida, todavía queda hogar.

Todavía queda amor.

Todavía queda vida.

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