—Mamá… —susurró—. ¿Le duele algo?
Me agaché junto a Roco. Le acaricié el hocico cicatrizado, pero él no me miraba a mí.
Miraba hacia la ventana.
A la calle.
A la furgoneta.
Carlos bajó del vehículo con su abrigo de siempre, unas bolsas de pan bajo el brazo y esa manera tranquila de caminar que tenía. Detrás de él venían Marcos, Julián y otros dos hombres del grupo.
Pero aquel domingo no venían sonriendo.
Carlos llevaba algo en la mano.
Una caja pequeña de madera oscura, vieja, con las esquinas gastadas y una cinta verde oliva atada alrededor.
La reconocí antes de que él subiera las escaleras.
Me quedé sin aire.
Esa caja había pertenecido a Diego.
La había visto una sola vez, años atrás, antes de su última misión. Diego la había guardado en su mochila y me había dicho, con esa sonrisa cansada que aún me rompía el alma: