Mateo me miró confundido.
Carlos retiró la tela.
Era una placa de madera tallada a mano. En el centro había la silueta de un perro con una pata un poco torcida. Debajo, unas palabras sencillas:
“Roco. Compañero fiel. Guardián de una familia que nunca volvió a estar sola.”
Mateo se quedó sin voz.
Roco olfateó la placa, luego bostezó como si aquello no fuera con él, y se tumbó encima de los pies de Carlos.
Todos nos reímos.
Fue una risa limpia.
De esas que salen después de haber llorado mucho.
Colgamos la placa en nuestro salón esa misma noche, justo debajo de la foto de Diego y Roco.
A veces, cuando entro en casa y veo ambas cosas juntas, siento que nuestro piso ya no es aquel lugar frío donde casi nos echaron.
Sigue siendo pequeño.
Sigue teniendo paredes viejas y una ventana que no cierra del todo.