El viejo perro cicatrizado que protegió a una viuda y reveló un secreto inolvidable

Mateo se levantó despacio.

—¿Era de papá?

Asentí, pero no pude hablar.

Nos sentamos todos en el salón. No había ceremonia, no había música, no había discursos. Solo nuestro viejo sofá, la mesa pequeña, una taza de café frío y Roco echado a nuestros pies, vigilando la caja como si todavía cumpliera una orden.

Desaté la cinta.

Dentro había pocas cosas.

Una foto doblada de Diego con Roco, los dos llenos de polvo, sentados junto a una pared de piedra. Diego sonreía. Roco tenía las orejas erguidas y el pecho levantado, joven, fuerte, entero.

Mateo tocó la foto con la punta de los dedos.

—Se parece a mí cuando sonríe —dijo en voz baja.

Me mordí los labios para no romperme delante de él.

Debajo de la foto había una pequeña medalla sin brillo, un trozo de tela verde con el nombre de Roco bordado, y un sobre cerrado.

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