En el bosque entendí que mi desaparición no era un accidente: frente a mí había una fosa y alguien observaba oculto. Uno dijo: «Para tu familia estás descansando unos días en la costa». No grité; protegí al desconocido y, al escapar, llamé a la Guardia Civil. Entonces apareció el mensaje de las 6:12, confirmado por mi propio hijo.

—Mamá…

—Quiero saber cuándo decidiste que tu ambición valía más que mi confianza.

Jaime negó con la cabeza.

—Yo no sabía lo de la fosa.

—Pero sabías que iban a llevarme contra mi voluntad.

Silencio.

—Sí.

Aquella palabra hizo más daño que cualquier excusa.

Jaime intentó explicar que Sergio le había asegurado que nadie saldría herido. Dijo que todo sería una presión temporal. Que después Elena regresaría. Que él pensaba demostrar que podía dirigir la compañía y obligarla a retirarse.

Elena lo escuchó sin interrumpirlo.

—¿Y el mensaje?

Jaime cerró los ojos.

—Lo escribí yo.

—¿Y cuando Clara te preguntó si habías hablado conmigo?

—Mentí.

—¿Y cuando la viste preocupada?

—También mentí.

Elena apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Entonces no necesito saber más.

Jaime empezó a llorar.

Le pidió perdón.

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