Él quiso tender el brazo hacia mí, esbozar un abrazo o una súplica tardía, pero la firmeza de mi mirada lo detuvo en seco. En mi postura había una barrera invisible pero infranqueable, forjada por el respeto que, por fin, volvía a sentir hacia mí mismo.
Abrí la pesada puerta de entrada, hecha de roble barnizado.
El aire fresco de la mañana irrumpió al instante en el pasillo, barriendo el olor rancio a caldo de ave y al detergente barato de Nada. Era un aire vivificante, puro, cargado de aromas otoñales y de nuevas promesas. Afuera, el sol acababa por fin de atravesar la bruma matutina, inundando el camino de acceso con una luz
dorada.
Cargué mi equipaje en el maletero del coche, estacionado frente al camino de entrada. Antes de subir, me di la vuelta una última vez para contemplar aquella morada que los Kovač consideraban un santuario inestimable.