Vista desde fuera, no tenía nada de prestigiosa. No era más que una gran construcción envejecida, con contraventanas descoloridas y un tejado maltrecho; una cáscara vacía habitada por fantasmas de arrogancia y amargura. Una jaula de oro cuya cerradura había logrado forzar incluso antes de que tiraran la llave.
Me senté al volante, ajusté el retrovisor y puse en marcha el motor, que cobró vida con un ronroneo potente y constante.
Mientras abandonaba la propiedad, vi en el retrovisor cómo la cortina del salón de Nada volvía a caer suavemente. Daniel seguía en el porche, inmóvil, con los brazos colgando a los costados, aplastado por la soledad y por el peso de las facturas que, a partir de ahora, tendría que afrontar él solo.
Veinte minutos después, mi coche se detuvo ante una verja de hierro forjado, flanqueada por arces púrpuras.