Odiaba que yo no reaccionara.
Desde niña, su poder dependía de conseguir que llorara.
“Siempre haces lo mismo.”
“¿Qué cosa?”
“Convertirte en víctima.”
Y antes de que pudiera moverme, inclinó lentamente la copa.
El vino cayó directamente sobre mi vestido.
Escuché el jadeo colectivo del salón.
Mi padre dejó la copa vacía sobre una mesa.
“Ahora sí tienes una razón para hacer drama.”
Miré el vino.
Después lo miré a él.
Y finalmente saqué el teléfono.
Solo hice una llamada.
“¿Dónde estás?”
La voz de Santiago respondió:
“Entrando al hotel.”
Miré a mi padre.
“Perfecto.”
Colgué.
Porque en ese instante entendí algo.
No necesitaba defenderme.
Solo necesitaba dejar que entrara la persona que mi familia llevaba 2 años sin saber que existía.