—Si hubieras querido herirme, Javier, quizá habría pensado que estabas enfadado. Pero no estabas enfadado. Estabas resignado. Como si cuidar de tu madre fuera una obligación que te había caído encima.
Javier dejó la carta.
—Pero nosotros te acogimos cuando murió papá.
—Y os lo agradeceré siempre.
—Entonces…
—Agradecer algo no significa firmar un contrato para desaparecer dentro de vuestra vida.
Beatriz se sentó.
Teresa miró alrededor.
Aquella cocina había sido su territorio durante casi 4 años. Sabía qué cajón se atascaba en invierno, qué fuego calentaba demasiado, qué taza prefería cada nieto.
Había cocinado allí con gripe.
Había preparado bocadillos a las 6:30.
Había esperado despierta cuando los niños estaban enfermos.
Había cancelado comidas con amigas porque Javier tenía una reunión.
Había dejado de ir a clases de pintura porque coincidían con el horario de inglés de Claudia.