Ahora hablaba como alguien que había recuperado la propiedad de su propia vida.
Beatriz cruzó los brazos.
—Entonces todo esto es una venganza.
—No.
—Nos estás echando de casa.
—Estoy terminando el contrato según las condiciones que firmasteis.
—¡Porque te dijimos que fueras a una residencia!
Teresa negó lentamente.
—No empezó con la residencia.
Miró a Javier.
—Empezó mucho antes.
Él comprendió algo y bajó los ojos.
—Mamá…
—Os escuché.
Beatriz frunció el ceño.
—¿Qué escuchaste?
—La noche en que dijiste que empezaba a ser una carga.
El rostro de Beatriz se endureció.
Javier cerró los ojos.
Teresa continuó.
—Y escuché a mi hijo responder: “¿Qué quieres que haga? Es mi madre”.
Javier palideció.
—No quería decirlo así.
—Lo sé.
—Estaba cansado.
—También lo sé.
—Era una conversación privada.
—Precisamente por eso me la creí.
El silencio pesó sobre la cocina.
Teresa no lloraba. Eso hacía que sus palabras parecieran todavía más duras.