En mi 73 cumpleaños, mientras mi familia se reía del único regalo de 2 €, vi algo en aquel rasca que nadie más notó. Días después oí a mi nuera decir: “Tu madre empieza a ser una carga”. No lloré ni discutí: llamé a un abogado. Meses después, cuando quisieron mandarme a una residencia, puse el mismo boleto sobre la mesa.

Por primera vez aquella mañana apareció una sombra de humor en su rostro.

—No.

—Entonces, ¿dónde?

—En agosto compré una casa cerca de Dénia.

Javier tardó varios segundos en reaccionar.

—¿Has comprado otra casa?

—Una pequeña.

La vivienda estaba en una urbanización tranquila, lejos de los complejos turísticos más ruidosos. Tenía 2 dormitorios, una terraza con buganvillas y un limonero que necesitaba cuidados.

La hermana menor de Teresa, Carmen, vivía a 12 minutos.

Teresa había entrado por primera vez durante una mañana de verano.

Las persianas estaban abiertas.

La luz del Mediterráneo cruzaba el salón.

Y por primera vez desde la muerte de Manuel no había imaginado cuánto tiempo le quedaba.

Había imaginado qué podía hacer con él.

Había comprado una mesa de madera.

Un sofá azul.

Una butaca junto a la ventana.

Incluso había reservado una habitación para los nietos.

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