Terminó reducida a carpetas numeradas dentro de un juzgado.
Y, sin embargo, nada de aquello curó automáticamente a Elena.
Algunas noches despertaba convencida de que tenía 12 años.
Odiaba que alguien cerrara una puerta detrás de ella.
No soportaba determinados olores.
Durante meses evitó incluso el vestido que llevaba la noche en que Adrián vio su espalda.
Adrián aprendió una lección incómoda.
El amor no podía reparar aquello.
No bastaban abogados, dinero ni consecuencias.
Había heridas que no necesitaban un salvador.
Necesitaban tiempo.
Elena comenzó terapia especializada.
Volvió a pintar, algo que había abandonado siendo adolescente porque su madre decía que “no servía para nada serio”.
Primero pintaba habitaciones vacías.
Después ventanas.
Luego personas.
Casi 1 año después del inicio del caso, expuso 6 cuadros en una pequeña galería del Born.
El último mostraba una figura femenina de espaldas.