A Elena se le llenaron los ojos de lágrimas.
Pero aquella vez no lloró de miedo.
Lloró porque alguien acababa de darle algo que nunca había recibido en casa: respeto.
La investigación avanzó.
La antigua empleada doméstica declaró.
Una profesora jubilada recordó que Elena había llegado varias veces al colegio con movimientos rígidos y que Beatriz siempre presentaba certificados médicos privados para justificarlo.
Y apareció algo peor.
Una caja de seguridad alquilada por Gonzalo contenía copias de fotografías, anotaciones sobre las lesiones de Elena y registros de conversaciones familiares.
No eran pruebas médicas.
Eran un archivo de control.
Gonzalo había documentado durante años lo suficiente para saber lo que ocurría, pero también lo suficiente para protegerse en caso de que algún día Álvaro se volviera contra él.
El hijo prodigio había sido protegido.