Luego la guardé junto con los demás mensajes.
No sabía si algún día Rodrigo comprendería lo que había hecho.
Pero yo ya no iba a permitir que utilizara el amor de nuestra hija para mantenerme callada.
Los días siguientes fueron difíciles.
Camila comenzó a despertarse durante la noche.
A veces lloraba sin hacer ruido.
Otras veces me preguntaba si su papá estaba enojado con ella.
Una madrugada entró en mi habitación abrazando su osito de peluche.
—Mamá, ¿te vas a divorciar por mi culpa?
Aquella pregunta me rompió el corazón.
La abracé.
—Escúchame muy bien, mi amor. Nada de esto es culpa tuya.
—Pero papá dijo…
—Tu papá se equivocó. Los adultos somos responsables de nuestras decisiones. Tú no tienes que salvar nuestro matrimonio.
Camila escondió el rostro en mi pecho.
—Yo solamente quería que todos estuvieran felices.