Cuando Gabriela me llamó para comunicarme los avances definitivos, solamente miré a mi hija.
Estaba sentada en el piso de nuestra nueva sala, dibujando una casa.
Una casa pequeña.
Con ventanas grandes.
Un jardín lleno de flores.
Y dos personas tomadas de la mano.
—¿Quiénes son? —le pregunté.
Camila sonrió.
—Tú y yo.
Señalé una tercera figura, un hombre mayor con cabello blanco.
—¿Y él?
—El abuelito Ernesto.
Sentí que los ojos se me humedecían.
—Pero tu abuelito ya no está aquí, mi amor.
Camila levantó la mirada.
—Sí está, mamá. Tú dices que las personas que nos quieren siguen viviendo en nuestros recuerdos.
No pude responder.
Mi hija continuó dibujando.
Y entonces me dijo algo que jamás olvidaré.
—Mamá, ¿sabes qué es lo mejor de nuestra casa?
—¿Qué cosa?
Sonrió.
—Que aquí puedo cumplir años sin tener miedo.
Pensé que aquella sería la última sorpresa de nuestra historia.